EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

Allan Kardec

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XVII

El escepticismo en punto a espiritismo, cuando no es fruto de una oposición sistemáticamente interesada, recolloce casi siempre como origen un conocimiento incompleto de los hechos, lo que no obsta a que ciertas gentes resuelvan la cuestión como si la conociesen a fondo. Puede tenerse mucho ingenio y hasta instrucción y carecerse de raciocinio, siendo el primer indicio de este defecto el creer infalible su juicio. Muchas personas también no ven en las manifestaciones espiritistas más que un objeto de curiosidad; pero confiamos que, mediante la lectura de este libro, verán en esos extraños fenómenos algo más que un simple pensamiento.

Dos partes comprende la ciencia espiritista: una, experimental, que versa sobre las manifestaciones en general: otra, filosófica, que comprende las manifestaciones inteligentes. El que no haya observado más que la primera se encuentra en la posición de aquel que no conoce la física más que por experimentos recreativos, sin haber penetrado en el fondo de la ciencia. La verdadera doctrina espiritista consiste en la enseñanza dada por lo espíritus, y los conocimientos de que es susceptible esta enseñanza son demasiado graves para poderse obtener de otro modo que por el estudio serio y continuado, hecho en el silencio y recogimiento, porque solamente en tales condiciones puede observarse un número infinito de hechos y matices que pasan inadvertidos al observador superficial, y que permiten la adquisición de una opinión fundada. Aunque este libro no produjese otro resultado que el de indicar el lado grave de la cuestión y provocar estudios en este sentido, sería ya bastante, y nos regocijaríamos de haber sido elegidos para realizar una obra, de la cual no pretendemos, por otra parte, hacernos ningún mérito personal. puesto que los principios que contiene no son creación nuestra. Todo el mérito se debe, pues, a los espíritus que lo han dictado. Esperamos que producirá otro resultado, y es el de guiar a los hombres serios que deseen instruirse, haciéndoles ver en estos estudios un fin grande y sublime: el del progreso individual y social, y el de indicarles el camino que deben seguir para alcanzarlo.

Concluyamos con una consideración final. Los astrónomos, al sondear los espacios, han encontrado en el reparto de los cuerpos celestes, claros injustificados y en desacuerdo con las leyes del conjunto, y han supuesto que estos claros estaban ocupados por mundos invisibles a sus miradas. Han observado, por otra parte, ciertos efectos cuya causa les era desconocida, y se han dicho: Ahí debe haber un mundo, porque ese vacio no puede existir y esos efectos deben tener una causa. Juzgando entonces la causa por el efecto, han podido calcular los elementos, vinfendo después los hechos a justificar sus previsiones. Apliquemos este raciocinio a otro orden de ideas. Si se observa la serie de los seres, se encuentra que la forma una cadena sin solución de continuidad, desde la materia bruta hasta el hombre más inteligente. Pero entre el hombre y Dios, que es el alfa y omega de todas las cosas, ¡cuán grande no es el vacío! ¿Es razonable creer que en aquél cesan los eslabones de la cadena? ¿Que salve sin transición la distancia que les separa del infinito? La razón nos dice que entre el hombre y Dios debe haber otros grados, como dijo a los astrónomos que entre los mundos conocidos debía haber muchos desconocidos ¿Qué filosofía ha llenado este vacio? El espiritismo nos lo presenta ocupado por los seres de todos los grados del mundo invisible, seres que no son más que los espíritus de los hombres que han llegado a los distintos grados, que conducen a la perfección, y de este modo, todo se encadena desde el alfa, hasta la omega. Vosotros los que negáis la existencia de los espíritus, llenad, pues, el vacío ocupado por ellos; y vosotros los que de los espíritus os reis, atreveos a reíros de las obras de Dios y de su omnipotencia.



ALLAN KARDEC