EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

Allan Kardec

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964. ¿Necesita Dios ocuparse de cada uno de nuestros actos para recompensarnos o castigarnos, y no son insigni ficantes para él la mayor parte de esos actos?

«Dios tiene sus leyes que arreglan todas vuestras acciones; si las violáis, culpa vuestra es. Es indudable que, cuando un hombre comete un exceso, Dios no pronuncia un fallo contra él para decirle, por ejemplo. Has sido un glotón, voy a castigarte; pero ha trazado un límite. Las enfermedades y con frecuencia la muerte son consecuencia de los excesos; este es el castigo, que resulta de la infracción de la ley. En todo sucede lo mismo».

Todas nuestras acciones están sometidas a las leyes de Dios, no hay ninguna, por insignificante que nos parezca, que no pueda ser violación de semejantes leyes. Si sufrimos las consecuencias de esa violación, no debemos quejamos más que de nosotros mismos, que nos constituimos en artifices de nuestra dicha o desdicha futura.

Esta verdad se hace sensible por medio del siguiente apólogo:
«Un padre da su hijo educación e instrucción, es decir los medios de saber conducirse. Cédele un

campo para que lo cultive y le dice: Esta marcha has de adoptar, y además aquí tienes todos los aperos necesarios para que, haciendo fértil este campo, asegures tu subsistencia. Te he dado instrucción para que comprendas semejantes reglas; si las sigues, tu campo te producirá mucho y te asegurará el descanso en la ancianidad; si no, nada te producirá y morirás de hambre. Dicho esto, le deja obrar a su gusto».

¿No es cierto que el campo producirá en razón a los cuidados que se empleen en el cultivo, y que toda negligencia redundará en perjuicio de la cosecha? El hijo será, pues, en su ancianidad feliz o desgraciado según que haya seguido o descuidado la regla que su padre le ha trazado. Dios es más previsor aún; porque nos advierte a cada instante si hacemos mal o bien, nos manda espíritus para que nos inspiren, pero nosotros no los escuchamos. Hay también esta diferencia. Dios da siempre al hombre recursos en sus nuevas existencias para reparar sus pasados errores, mientras que el hijo de que hablamos, carece de ellos, si ha empleado mal su tiempo.