EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

Allan Kardec

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I


El que, en materia de magnetismo terrestre, no conociese más que el juguete de los patitos imantados que hacemos funcionar en el agua de una cubeta, comprendería con dificultad que semejante juguete encierra el mecanismo del universo y del movimiento de los mundos. Lo mismo sucede al que de espiritismo no tiene noticia más que del movimiento de las mesas; no ve en él más que una diversión, un pasatiempo social, y no comprende que ese fenómeno tan sencillo y tan vulgar, conocido de la antigúedad y aun de pueblos semisalvajes, pueda relacionarse con las más graves cuestiones del orden social. En efecto, para el observador superficial, ¿qué relación puede tener con la moral y con el porvenir de la humanidad una mesa que rueda? Pero cualquiera que reflexione recuerda que de la simple marmita que hierve y cuya cobertura se levanta, marmita que también ha hervido desde la más remota antigúedad, ha nacido el poderoso motor a cuyo beneficio franquea el hombre el espacio y suprime las distancias. Pues bien, vosotros, los que no creéis en nada fuera del mundo material, sabed que de esa mesa que rueda y provoca vuestra desdeñosa sonrisa, ha salido toda una ciencia y la solución de los problemas que ninguna filosofía había podido resolver aún. Hago un llamamiento a todos los adversarios de buena fe, y les conjuro que digan si se han tomado el trabajo de estudiar lo que critican; porque en buena lógica no ti0ene valor mientras que su autor no conozca aquello de que habla. Burlarse de una cosa que no se conoce, que no se ha sondeado con el escalpelo del observador concienzudo, no es criticar, sino hacer prueba de ligereza y dar una pobre idea del juicio propio. De seguro que si hubiésemos presentado esta filosofía como obra de un cerebro humano, hubiera hallado menos desdén, y hubiese merecido los honores del examen por parte de los que pretenden dirigir la opinión. Pero procede de los espíritus, qué absurdo!, apenas merece que se le eche una mirada; se la juzga por el título, como el mono de la fábula juzgaba la nuez por la cáscara. Si bien os parece, haced abstracción del origen; suponed que este libro es obra de un hombre, y decid en vuestra alma y conciencia, si después de haberlo leído seriamente, encontráis en él asunto de burla.