EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

Allan Kardec

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IX


Siendo un hecho demostrado el movimiento de los objetos. la cuestión se reduce a saber si es o no una manífestación inteligente, y en caso afirmativo, cuál es el origen de esa manifestación.

No hablamos del movimiento inteligente de ciertos objetos, ni de las comunicaciones verbales, ni siquiera de las que son directamente escritas por los médiums, puesto que esta clase de manifestaciones, evidentes para los que han visto y profundizado el asunto, no es a primera vista bastante independiente de la voluntad para servir de base a la convicción del observador novel. No hablaremos, pues, mas que de los escritos obtenidos con la ayuda de un objeto cualquiera provisto de un lápiz, tales como una cestita, una tablita, etcétera, puesto que la colocación de los dedos del médium hace inútil, como tenemos dicho, la más consumada habilidad de participar de un modo cualquiera en el trazado de los caracteres. Pero admitamos aún que por una destreza maravillosa, pueda burlarse la vista más escudriñadora, ¿cómo podrá explicarse la naturaleza de las contestaciones, cuando son superiores a todas las ideas y conocimientos del médium? Y nótase bien que no se trata de contestaciones monosilábicas, sino, muy a menudo, de muchas páginas escritas con la rapidez más sorprendente, ora espontáneamente, ora sobre un asunto determinado. De la mano del médium más ignorante en literatura, brotan, a veces, poesías de sublimidad y pureza irreprochables, que no desaprobarían los mejores poetas humanos, y lo que más aumenta la extrañeza de semejantes hechos es que se producen en todas partes, y que los, médiums se multiplican hasta lo infinito. ¿Son o no reales estos hechos? Sólo una cosa respondemos: ved y observad, pues no os faltarán ocasiones; pero sobre todo observad a menudo, mucho y en las condiciones indispensables.

¿Qué responden a la evidencia los impugnadores? Sois, dicen, víctimas del charlatanismo o juguete de una ilusión. Diremos ante todo que, cuando no se trata de sacar provecho, es preciso prescindir de la palabra charlatanismo, ya que los charlatanes no trabajan gratis. Esto sería una mistificación a lo más. Pero ¿por qué extraña coincidencia habrán llegado esos mistificadores a ponerse de acuerdo del uno al otro extremo del mundo, a fin de obrar de la misma manera, de producir los mismos efectos y de dar sobre los mismos asuntos y en diversos idiomas respuestas idénticas, si no por las palabras, a lo menos, por el sentido? ¿Cómo y con qué objeto se prestarían a semejantes artimañas personas graves, formales, honradas e instruidas? ¿Cómo explicar la paciencia y la habilidad necesarias en los niños? Porque si los médiums no son instrumentos pasivos, les son precisos habilidad y conocimientos incompatibles con ciertas edades y posiciones sociales.

Dícese que si no existe superchería, todos podemos ser juguetes de úna ilusión. En buena lógica siempre tiene cierta trascendencia la calidad de los testigos, y en este caso, preguntamos si la doctrina espiritista, que cuenta hoy millones de adeptos, los tiene solamente entre los ignorantes. Son tan extraordinarios los fenómenos en que se apoya, que concebimos la duda; pero lo que no puede admitirse es la pretensión de ciertos incrédulos monopolizadores del sentido común, quienes, sin respeto a la posición social o valor moral de sus adversarios, tachan sin miramiento, de imbéciles a todos los que no siguen su dictamen. Para toda persona sensata la opinión de individuos ilustrados que, por largo tiempo, han visto, estudiado y meditado una cosa, será siempre, si no una prueba, por lo menos, una presunción favorable, ya que ha llamado la atención de hombres graves que no tienen interés en propagar un error, ni tiempo que perder en futilidades.