EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

Allan Kardec

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XIII

Las observaciones anteriores nos inducen a decir algunas palabras sobre otra dificultad, cual es la de la divergencia que se nota en el lenguaje de los espíritus.

Siendo muy diferentes entre si los espíritus bajo el aspecto de sus conocimientos y moralidad, es evidente que la misma cuestión puede ser resuelta de distinto modo, según la jerarquía que ocupen aquéllos, absolutamente lo mismo que si se propusiese alternativamente a un sabio, a un ignorante o a un bromista de mal género. Según hemos dicho, lo esencial es saber a quien nos dirigimos.

Pero, se añade, ¿cómo puede. ser que los espíritus tenidos por superiores no estén siempre acordes? Diremos, ante todo, que independientemente de la causa que acabamos de señalar existen otras que pueden ejercer cierta influencia en la naturaleza de las contestaciones, haciendo abstracción de la calidad de los espíritus. Este es un punto capital cuya explicación dará el estudio, y por esta razón decimos que las materias requieren una atención sostenida, una profunda observación y, sobre todo, como en las demás ciencias humanas. continuación y perseverancia. Se necesitan años para ser un médico adocenado, las tres cuartas partes de la vida para ser sabio, ¡y se querrá obtener en unas cuantas horas la ciencia del infinito! Es preciso no hacerse ilusiones: el espiritismo es inmenso; toca todas las cuestiones metafísicas y de orden social, constituye todo un mundo abierto ante nuestra vista, ¿y habremos de maravillarnos de que se necesite tiempo, y mucho, para adquirirlo?

La contradicción, por otra parte, no es siempre tan real como puede parecerlo. ¿Acaso no vemos todos los días hombres que profesan la misma ciencia variar las definiciones que dan de una cosa, sea porque emplean términos diferentes, sea porque la consideran bajo otro aspecto, aunque siempre permanezca una misma la idea fundamental? Cuéntense. si es posible, las definiciones que se han dado de la gramática. Añadamos, además, que la forma de la respuesta depende a menudo de la de la pregunta. Seria, pues, pueril ver contradicción en lo que frecuentemente no pasa de ser diferencia de palabras. Los espíritus superiores no atienden en modo alguno a la forma, siendo para ellos el todo el fondo del pensamiento. Tomemos por ejemplo la definición del alma. No teniendo acepción fija esta palabra, pueden los espíritus, lo mismo que nosotros, diferir en la definición que den de ella, pudiendo decir uno que es el principio de la vida, llamándola otro el destello animico, diciendo éste que es interna, aquél que es externa, etc., y todos tendrán razón según el punto de vista. Hasta podría creerse que algunos de ellos profesan teorías materialistas, y. sin embargo, no hay tal cosa. Lo mismo sucede con la palabra Dios, que será: el principio de todas las cosas, el creador del universo, la soberana inteligencia, el infinito, el gran espíritu, etc., etc., y en definitiva siempre será Dios. Citemos, en fin, la clasificación de los espíritus. Éstos forman una serie no interrumpida, desde el grado inferior hasta el superior. La clasificación es arbitraria, y así podrá uno dividirlos en tres clases, otro en cinco, diez o veinte, según su voluntad, sin incurrir por ello en error. Todas las ciencias humanas nos ofrecen ejemplos de esto, cada sabio tiene su sistema, todos los cuales cambian, sin que cambie la ciencia. Aunque se haya aprendido botánica por el sistema de Linneo, de Jussieu o de Tournefort, no deja de saberse botánica. Concluyamos, pues, de dar a las cosas puramente convencionales más importancia de la que merecen, para fijarnos en lo que sólo es verdaderamente grave, y la reflexión hará descubrir con frecuencia, en lo que más disparatado parece, una semejanza que había pasado inadvertida a la primera inspección.