EL GÉNESIS LOS MILAGROS Y LAS PROFECÍAS SEGÚN EL ESPIRITISMO

Allan Kardec

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CAPÍTULO V - Sistemas antiguos y modernos sobre el origen del mundo

1. La primera idea que los hombres tuvieron de la Tierra, el movimiento de los astros y la formación del Universo, se basó en el testimonio de sus sentidos. En la ignorancia de las leyes más elementales de la Física y de las fuerzas naturales, con una comprensión limitada como único medio de observación, posiblemente hayan juzgado a las cosas según las apariencias. Observando la salida del Sol por un lado del horizonte y la puesta por el lado contrario, llegaron a la conclusión lógica de que éste giraba alrededor de la Tierra, mientras que nuestro planeta permanecía inmóvil. Si en ese momento alguien les hubiese dicho que ocurría lo contrario, no hubieran podido creerle, y sus palabras habrían sido: Vemos al Sol cambiar de lugar, y en cambio no sentimos la Tierra moverse.

2. La corta extensión de los viajes de aquella época, que no superaban los límites del asentamiento tribal o del valle que habitaban, no les permitía constatar la esfericidad de la Tierra. ¿Cómo imaginar, por otra parte, que la Tierra pudiese ser una esfera? En tal caso los hombres no hubiesen podido mantenerse sino en la parte de arriba. Pero, si toda la Tierra estaba habitada, ¿cómo podrían las personas vivir en el hemisferio opuesto con la cabeza hacia abajo y los pies orientados a lo alto? Y si además rotaba, todo se complicaba más aún. Hoy, aunque se conoce la ley de gravitación vemos todavía a personas considerablemente cultas que no comprenden este fenómeno. Por tanto, no podemos asombrarnos de que los hombres de aquellas primeras edades no lo hayan siquiera sospechado. La Tierra era para ellos una superficie lisa, circular como la rueda de un molino, extendida en posición horizontal. De ahí proviene la expresión aún usual: ir hasta el fin del mundo. Sus límites, su grosor, su estructura interna, su cara inferior, lo que existía abajo, constituía lo desconocido.1

3. El cielo, con su aparente forma cóncava era, según la creencia más difundida, una bóveda real cuyos bordes inferiores reposaban sobre la Tierra marcando sus confines. Gran cúpula cuya capacidad completa estaba ocupada por aire. Sin ninguna noción de lo infinito del espacio, incapaces de concebirlo, los hombres se figuraban a esa bóveda formada por una materia sólida, de 1. La mitología hindú enseñaba que el astro del día se despojaba por la noche de su luz y atravesaba el cielo con su faz oscurecida. La mitología griega representaba al carro de Apolo tirado por cuatro caballos. Anaximandro de Mileto sostenía, en su diálogo con Plutarco, que el Sol era un carro de fuego candente que se había escapado por una abertura circular. Epicuro, según ciertas fuentes, sostenía que el Sol se prendía por la mañana y se apagaba por las noches en las aguas del Océano. Otros pensaban que convertía al astro en un cisquero incandescente. Anaxágoras lo consideraba un hierro caliente del tamaño del Peloponeso. ¡Original idea! Los antiguos insistían tanto en considerar el gran tamaño aparente de este astro como real, que persiguieron a este filósofo temerario por haber atribuido semejante volumen a la antorcha diurna. Fue necesaria toda la autoridad de Pericles para salvarlo de la pena de muerte y conmutarla por una sentencia de exilio (Flammarion, Estudios y lecturas sobre Astronomía). Cuando se leen tales ideas, producto de la época más floreciente de Grecia, es decir, del siglo V a. C., no podemos, entonces, asombrarnos de las ideas que poseían los hombres de las primeras edades sobre el origen del mundo. [N. de A. Kardec.] lo que nace el vocablo firmamento, que ha sobrevivido a la creencia y que significa: firme, resistente, (del latín firmamentum, derivado de firmus, y del griego herma, hermatos: firme, sostén, soporte, punto de apoyo).

4. Las estrellas, cuya naturaleza no imaginaban siquiera, eran simples puntos luminosos, de menor o mayor tamaño, fijas en las bóvedas como lámparas suspendidas y dispuestas sobre una única superficie, todas a igual distancia de la Tierra, de la misma forma que se las representa en el interior de ciertas cúpulas, pintadas de azul para simular el color del cielo. Aunque hoy las ideas han cambiado, el uso de las antiguas expresiones se conserva, pues se dice aún: la bóveda estrellada, bajo el casquete del cielo.

5. La formación de las nubes por evaporación de las aguas era desconocida. Nadie en aquella época podía imaginarse que la lluvia que cae del cielo tuviese su origen en la Tierra, ya que no se veía al agua subir. De ahí proviene la creencia en la existencia de aguas superiores y aguas inferiores, fuentes celestes y fuentes terrestres, depósitos ubicados en las regiones altas: suposición que concordaba perfectamente con la idea de una bóveda capaz de mantenerlos. Las aguas superiores se escapaban por las fisuras de la bóveda y caían en forma de lluvia, la cual, según la amplitud de las aberturas, era escasa o torrencial.

6. La ignorancia completa del conjunto universal, de las leyes que lo rigen y de la naturaleza, constitución y destino de los astros, que parecían tan pequeños comparados con la Tierra, los llevó a considerar a ésta como la cosa principal, la meta única de la Creación, y a los astros como accesorios creados sólo en honor de sus habitantes. Este prejuicio se perpetuó hasta nuestros días, a pesar de los descubrimientos de la ciencia, que cambiaron para el hombre el panorama del mundo. ¡Cuántas personas creen aún que las estrellas son adornos del cielo para recrear la vista de los habitantes de la Tierra!

7. No se tardó en percibir el movimiento aparente de las estrellas, que se mueven en masa de Oriente a Occidente, elevándose por la noche y desapareciendo por la mañana, mas conservando siempre sus posiciones respectivas. Esta observación no tuvo durante largo tiempo otra consecuencia que la de confirmar la idea de una bóveda sólida que llevaba con ella estrellas en su movimiento de rotación. Estas primeras ideas ingenuas constituyeron durante largos períodos seculares el fondo de las creencias religiosas y sirvieron de base a todas las cosmogonías antiguas.

8. Más tarde se pensó que en razón de la dirección del movimiento de las estrellas y su regreso diario en el mismo orden, la bóveda celeste no podía ser simplemente una semiesfera posada sobre la Tierra, sino una esfera entera, plana o convexa, cortada en su parte central por la presencia de la Tierra y habitada sólo en su faz superior. Ya se había progresado algo. Pero, ¿sobre qué se apoyaba la Tierra? Sería inútil recordar todas las suposiciones ridículas tejidas por la imaginación, desde aquella teoría hindú que suponía que la Tierra estaba sostenida por cuatro elefantes blancos, hasta aquella otra que la imaginaba apoyada sobre las alas de un inmenso pájaro. Los demás sabios confesaban ignorar la respuesta.

9. Sin embargo, una opinión difundida entre las teologías paganas ubicaba en los lugares bajos, o dicho de otra forma, en las profundidades de la Tierra, el sitio de los réprobos, llamado infernos, es decir lugares inferiores, y en los lugares altos, más allá de las estrellas, el lugar de los bienaventurados. La palabra inferno se conservó hasta nuestros días, aunque perdió su significado etimológico desde que la Geología desplazó el lugar de los suplicios eternos de las entrañas de la Tierra y que la Astronomía demostró que no hay arriba ni abajo en el espacio infinito.

10. En los cielos puros de Caldea, la India y Egipto, cunas de las más antiguas civilizaciones, se podía observar el movimiento de los astros con tanta precisión como lo permitía la ausencia de instrumentos especiales. Se notó primero que ciertas estrellas poseían un movimiento propio independiente de la masa, lo que llevaba a suponer que no estaban fijas en la bóveda. Se las llamó estrellas errantes o planetas para distinguirlas de las estrellas fijas. Se calcularon sus movimientos y sus regresos periódicos. Al observar el movimiento diurno de la esfera estrellada se notó la inmovilidad de la estrella polar, alrededor de la cual las otras describían, en veinticuatro horas, círculos oblicuos paralelos, más o menos extensos, según su alejamiento de la estrella central. Éste fue el primer paso hacia el conocimiento de la oblicuidad del eje del mundo. Cuando comenzaron a realizarse viajes más largos pudo observarse el cielo bajo diferentes aspectos, según las latitudes y las estrellas. La elevación de la estrella polar, variable según la latitud, colocó a los observadores en la vía de suponer a la Tierra redonda. Así, poco a poco, se fundamentó una idea más justa del sistema del mundo. Hacia el año 600 a. C., Tales de Mileto (Asia Menor), conocía la esfericidad de la Tierra, la oblicuicidad de la eclíptica y la causa de los eclipses. Un siglo más tarde, Pitágoras de Samos descubrió el movimiento diurno de la Tierra sobre su eje, su órbita anual alrededor del Sol y relacionó a los planetas y cometas con el sistema solar. Ciento sesenta años a. C, Hiparco de Alejandría (Egipto), inventa el astrolabio, calcula y predice los eclipses, observa las manchas del Sol, determina el año y la duración de las revoluciones de la Luna. Aunque estos descubrimientos fueron importantísimos para el progreso de la ciencia, se popularizaron sólo al cabo de dos mil años. Sólo ciertos manuscritos conservaban las nuevas ideas, y éstas permanecían en las manos de unos pocos filósofos que las enseñaban a su vez a sus discípulos: nadie soñaba con educar a las masas. Éstas no aprovechaban en ninguna manera los descubrimientos y continuaban nutriéndose de viejas creencias.

11. Hacia el año 140 d. C., Ptolomeo, uno de los hombres más ilustrados de la escuela de Alejandría, combinó ideas propias con creencias populares y con algunos de los más recientes descubrimientos astronómicos, componiendo un sistema que podemos llamar mixto, el cual lleva su nombre y fue, durante cerca de quince siglos, el único aceptado por el mundo civilizado. Según el sistema de Ptolomeo, la Tierra es una esfera en el centro del Universo compuesta por cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego, lo que constituía la primera región llamada elemental. La segunta región, llamada etérea, comprendía once cielos o esferas concéntricas que giraban alrededor de la Tierra, a saber: el cielo de la Luna, de Mercurio, de Venus, del Sol, de Marte, de Júpiter, de Saturno, de las estrellas fijas del primer cristalino, esfera sólida transparente. Del segundo cristalino y finalmente, del primer móvil que imprimía movimiento a todos los cielos inferiores y les hacía dar una vuelta cada veinticuatro horas. Más allá de los once cielos estaba el Empíreo, morada de los bienaventurados, nombre que deriva del griego pyr o pur, que significa: fuego, porque se creía que esa región resplandecía de luz como el fuego. La creencia en muchos cielos superpuestos prevaleció durante mucho tiempo, pero el número variaba. Generalmente el séptimo era considerado el más elevado, de allí la expresión: estar en el séptimo cielo. San Pablo afirmó haber sido elevado al tercer cielo. Independientemente del movimiento común, los astros, según Ptolomeo, tenían movimientos propios, de mayor o menor extensión, según su lejanía del centro. Las estrellas fijas cumplían una vuelta cada 25.816 años. Esta evacuación nos indica que conocían la precesión de los equinoccios, la cual se cumple efectivamente en 25.868 años.

12. En los albores del siglo XVI, Copérnico, célebre astrónomo nacido en Thorn (Prusia) en 1472 y muerto en 1543, retomó las ideas de Pitágoras y publicó un sistema confirmado por las observaciones. Éste fue recibido favorablemente y no tardó en desplazar al sistema Ptolomeo. Según el sistema de Copérnico el Sol se encuentra en el centro y los planetas describen órbitas circulares alrededor de él, mientras que la Luna es un satélite de la Tierra. Un siglo más tarde, en 1609, Galileo, natural de Florencia, inventó el telescopio y en 1610 descubrió los cuatro satélites de Júpiter y calculó sus revoluciones. Descubrió que los planetas no tienen luz propia como las estrellas y que el Sol ilumina a aquéllos, como también que son esferas similares a la Tierra. Observó sus fases y determinó la duración de rotación sobre sus ejes, y, mediante pruebas materiales, ratificó definitivamente el sistema de Copérnico. Desde ese momento se desplomó el sistema de los cielos superpuestos y se reconoció que los planetas son mundos similares a la Tierra, habitados como ella. Que las estrellas son innumerables soles, centros probables de otros tantos sistemas planetarios. Al Sol se le consideró una estrella, un centro de un torbellino de planetas a los que atrae. Las estrellas ya no están confinadas a una zona específica de la esfera celeste, sino que se hallan irregularmente diseminadas en un espacio ilimitado: las que parecen tocarse se encuentran a distancias inconmensurables unas de otras, las más pequeñas en apariencia son las más alejadas de nosotros y las de mayor tamaño son las más cercanas, y éstas, incluso, se hallan a cientos de miles de kilómetros. Los grupos que reciben el nombre de constelaciones son conjuntos aparentes, producto de la distancia, y sus figuras son meros efectos de perspectiva, como le ocurre a quien, ubicado en un lugar fijo, cree ver juntas las luces dispersas de una planicie o los árboles de un bosque. Sin embargo, esos conjuntos no existen en la realidad. Si pudiésemos trasladarnos al lugar donde está ubicada una de esas constelaciones veríamos que a medida que nos fuésemos acercando la forma desaparecería y se nos presentarían nuevas figuras. Por consiguiente, y dado que estos grupos existen sólo en apariencia, el significado que les otorga cierta creencia vulgar y supersticiosa es irrisorio y su influencia es válida sólo en la imaginación. Para distinguirlas se les bautizó con diferentes nombres: Leo, Tauro, Géminis, Libra, Capricornio, Cáncer, Escorpión, Hércules, Osa Mayor o Carro de David, Osa Menor, Lira, etc., se las representa mediante dibujos que simbolizan sus nombres, en los que interviene la fantasía, ya que en todos los casos no hay relación alguna entre esos dibujos y la forma aparente del grupo estelar. En vano buscaríamos esas figuras en el cielo. La creencia en la influencia de las constelaciones, sobre todo en las que constituyen los doce signos del zodíaco, proviene de la idea que brindan sus nombres: si la constelación de Leo hubiese sido bautizada asno u oveja, se le hubiese atribuido una influencia totalmente diferente.

13. A partir de Copérnico y Galileo las viejas cosmogonías desaparecieron para siempre, mientras la Astronomía fue avanzando sin interrupción en ningún momento. La historia nos relata la lucha que debieron mantener los hombres de genio contra los prejuicios y el espíritu sectario, interesado en prolongar errores que servían de base a ciertas creencias que se suponían cimentadas sobre dogmas inquebrantables. Bastó que se inventase un instrumento de óptica para que el andamiaje levantado a través de miles de años se derrumbase. Sin embargo, nada puede prevalecer contra la verdad, reconocida como tal. La imprenta inició al público en las nuevas ideas y éste comenzó a acunar ilusiones y a tomar parte en la contienda. Ya no era contra algunos individuos que había que combatir, sino contra la opinión general que estaba a favor de la verdad. ¡Cuánto más grande es el Universo que las mezquinas proporciones que le asignaban nuestros padres! ¡Cuánto tiempo, cuántos esfuerzos del genio, cuántos sacrificios fueron necesarios para abrir los ojos y arrancar la venda de la ignorancia!

14. El camino ya estaba despejado, muchos ilustres sabios marcharían luego por él para completar la obra bosquejada. Kepler, en Alemania, descubre las célebres leyes que llevan su nombre, y ayudado por éstas observa que los planetas no describen órbitas circulares sino elipses alrededor del Sol; Newton, en Inglaterra, descubre la ley de gravitación universal; Laplace, en Francia, crea la mecánica celeste. La Astronomía deja de ser un sistema basado en conjeturas y probabilidades y se convierte en una ciencia que se apoya en el cálculo y la Geometría. Y así fue como, alrededor de 3.300 años después de Moisés, se plantó uno de los mojones fundamentales para el estudio del génesis.