Revista Espírita - Periódico de Estudios Psicológicos - 1860

Allan Kardec

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La caridad material y la caridad moral
(Médium: Sra. de B...)

«Amémonos los unos a los otros y hagamos a los demás lo que quisiéramos que ellos nos hiciesen». Toda la religión y toda la moral se hallan contenidas en esos dos preceptos. Si en la Tierra fuesen observados, todos seríais perfectos: ya no habría odios ni discordias. Diré más aún: ya no habría pobreza, porque de lo superfluo de la mesa de cada rico se alimentarían muchos pobres, y ya no veríais, en los sombríos barrios donde he vivido durante mi última encarnación, esas pobres mujeres que arrastran consigo a niños miserables a los que les falta todo.

¡Ricos!, pensad un poco en esto. Ayudad a los desdichados lo mejor que podáis. Dad, porque un día Dios os retribuirá el bien que hayáis hecho, para que un día encontréis, al salir de vuestra envoltura terrestre, un cortejo de Espíritus agradecidos, que os recibirán en la entrada de un mundo más feliz.

¡Si supierais el júbilo que sentí al reencontrar allá en lo Alto a los que pude servir durante mi última existencia! Dad, por lo tanto, y amad a vuestro prójimo; amadlo como a vosotros mismos, porque ahora también sabéis que Dios permitió que comenzaseis a instruiros en la ciencia espírita; sabéis que ese desdichado al que rechazáis, sea tal vez un hermano, un padre, un hijo, un amigo al que expulsáis lejos de vosotros. Y entonces, ¡cuánta desesperación tendréis un día al reconocerlo en el mundo espiritual!

Deseo que comprendáis bien en qué consiste la caridad moral, esa que todos pueden practicar, esa que no cuesta nada desde el punto de vista material y que, sin embargo, es la más difícil de poner en práctica.

La caridad moral consiste en tolerarse unos a otros, y es lo que menos hacéis en ese mundo inferior donde por el momento estáis encarnados. Sed pues caritativos, porque avanzaréis más en el buen camino; sed humanos y toleraos los unos a los otros. Existe un gran mérito en saber callar para dejar que hable otro más ignorante: esto es también un tipo de caridad; en saber hacer oídos sordos cuando una palabra burlona se escapa de una boca habituada a escarnecer; en no ver la sonrisa desdeñosa con que os reciben esas personas que, muchas veces equivocadamente, se creen superiores a vosotros, mientras que en la vida espiritual –que es la única verdadera– están a veces muy por debajo. He aquí un mérito, no de humildad, sino de caridad, porque es caridad moral no resaltar los errores ajenos. Al pasar junto a un pobre enfermo, tiene mucho más mérito mirarlo con compasión que arrojarle un óbolo con desprecio.

Entretanto, no es necesario tomar esa figura al pie de la letra, porque esa caridad no debe ser un impedimento para la otra; pero pensad, sobre todo, en no menospreciar a vuestro prójimo. Acordaos de lo que ya os he dicho: cuando rechazáis a un pobre, tal vez estáis rechazando a un Espíritu al que habéis amado y que momentáneamente se encuentra en una posición inferior a la vuestra. Yo he vuelto a ver aquí a uno de los que fue pobre en la Tierra, a quien felizmente ayudé algunas veces, y al cual preciso ahora implorar a mi turno.

Sed caritativos, por lo tanto, y no desdeñéis; sabed dejar pasar una palabra que os hiere y no creáis que ser caritativo es solamente dar lo material, sino también practicar la caridad moral. Os lo repito: haced una y otra. Recordad que Jesús dijo que todos somos hermanos, y pensad siempre en esto antes de rechazar al leproso o al mendigo. Vendré aún para daros una comunicación más extensa, porque ahora soy llamada. Adiós; pensad en los que sufren, y orad.

HERMANA ROSALÍA