EL LIBRO DE LOS ESPÍRITUS

Allan Kardec

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1017. Ciertos espíritus han dicho que habitaban el 4o, el 5o cielo, etc.; ¿qué entienden por eso?

«Vosotros les preguntáis qué cielo habitan, porque tenéis la idea de muchos cielos ordenados como los pisos de una casa, y ellos os contestan acomodándose a vuestro lenguaje. Pero para ellos estas palabras 4o y 5o cielo expresan diferentes grados de purificación y de dicha, por consiguiente. Sucede lo mismo que cuando se pregunta a un espíritu si está en el infierno. Si es desgraciado, contestará afirmativamente, porque para él el infierno es sinónimo de sufrimiento, pero sabe perfectamente que aquél no es un horno. Un pagano hubiese dicho que estaba en el tártaro».

Lo mismo sucede con otras expresiones, análogas tales como las de ciudad de las flores, de los elegidos, primera, segunda o tercera esfera, etcétera, que no son más que alegorías empleadas por ciertos espíritus, ya como figuras, ya por ignorancia a veces de la realidad de las cosas y aun de las más sencillas nociones científicas.

Según la idea estrecha que se tenía en otros tiempos de los lugares de penas y recompensas, y sobre todo opinando que la tierra era el centro del universo, que el cielo formaba una bóveda y que existía una región de las estrellas; se colocaba el cielo en lo alto y el infierno en lo bajo, y de aquí las expresiones: subir al cielo, estar en lo más alto de los cielos, ser precipitado en el infierno. Hoy que la ciencia ha demostrado que la Tierra sólo es uno de los más pequefios mundos, sin importancia especial, entre otros tantos millones; que ha trazado la historia de su formación y descrito su constitución, probado que el espacio es infinito, que en el universo no hay alto ni bajo; ha sido necesariamente forzoso desistir de colocar el cielo encima de las nubes, y en los lugares balos el infierno. En cuanto al purgatorio, ningún sitio se le había señalado. Estaba reservado al espiritismo el dar de todas esas cosas la explicación más racional, más grandiosa, y al mismo tiempo, más consoladora para la humanidad. Así, pues, podemos decir que en nosotros mismos llevamos nuestro infierno y nuestro paraiso; nuestro purgatorio lo hallamos en nuestra encarnación, en nuestras vidas corporales o físicas.